Alan Freeman
La abrumadora derrota sufrida por el Partido Laborista coronó un largo período de luchas internas en Gran Bretaña. Estos cambios están relacionados con profundos movimientos en la base de la sociedad británica provocados por la decadencia del imperialismo británico, la creciente brecha entre los Estados Unidos y Europa, y el consecuente colapso en el consenso entre los partidos políticos desde la posguerra, consenso sobre el cual estaba basada la paz social
en Gran Bretaña.
El Partido Laborista ha pasado largo tiempo apartado de los otros partidos socialistas europeos ¿Se verán ahora forzados a unirse a la corriente socialdemócrata europea? El Partido Laborista británico está pasando por una de las crisis políticas más graves que haya conocido en su historia.
La primer ministro, Margaret Thatcher, iluminada por el aura de victoria dejada por la guerra de las Malvinas, fue a elecciones en junio de 1983 después de cuatro años a la cabeza del gobierno más impopular de la posguerra. Ella venció rotundamente al Partido Laborista, ganando cerca de 380 puestos en el parlamento de un total de 630 posibles.
Thatcher obtuvo este resultado con una menor porción de votos populares, que en 1979. Sólo 42 por ciento de los votantes la apoyaron. Su victoria fue el producto, no del éxito de su propio partido, sino del inmenso fracaso de los laboristas. Es más, esta pelea está lejos de haber concluido. Un grupo de más de 50 miembros del parlamento, pertenecientes a la izquierda del partido y organizados recientemente en el Grupo de Campaña, recibieron de nuevo en sus filas a Tony Benn, quien había perdido su puesto del parlamento y lo recuperó en una elección espe-
cial en el pueblo minero de Chesterfield.
El Grupo de Campaña cuenta con la ayuda de una serie de periódicos de izquierda, grupos de presión y campañas y con el apoyo de un ala poderosa de los sindicatos, entre los cuales Arthur Scargill, el líder de los mineros, es quizás el más conocido.
Se ha llevado a cabo una incómoda tregua en la lucha izquierda-derecha desde la elección de un nuevo líder "centrista": Neil Kinnock. Pero esta es una tregua frágil, que trata de encubrir divisiones fundamentales programáticas y políticas. Todos los signos indican que no pasará mucho tiempo hasta que estas divisiones se hagan de nuevo visibles.
MOMENTO DECISIVO: EL GOBIERNO DE HEATH (1970-74)
La crisis tuvo su origen en los agitados eventos de comienzo de los años setenta. El gobierno conservador del primer ministro Edward Heath, que tomó posesión en 1970, marcó la diferencia con lo que había sido hasta entonces el "consenso de posguerra", es decir, un acuerdo tácito entre líderes conservadores y laboristas para gobernar dentro de un marco común de política exterior y doméstica establecido durante la guerra por el gobierno de coalición de Attlee y Churchill. Este consenso habría implicado:
a) Dentro del país, la aplicación de políticas keynesianas en el manejo de la demanda para garantizar pleno empleo, seguridad social completa y paz social.
b) Exteriormente, la continuación de Gran Bretaña como país imperialista, bendecida por los arreglos diplomáticos de Postdam, Teherán y Yalta, con una "esfera de influencia" británica (la comunidad británica, el área esterlina y las ex-colonias) dentro de la cual Gran Bretaña podía tener privilegios comerciales y de inversión que le garantizaban alimentos y materias primas a bajo costo, y una salida para el capital inversionista británico. Este rol fue asegurado y facilitado por la Alianza Occidental y la "relación especial" de Gran Bretaña con los Estados Unidos.
El gobierno de Heath tomó dos medidas radicales que señalaron el fin del consenso: metió a la Gran Bretaña en el Mercado Común Europeo y lanzó una serie de ataques legislativos a los sindicatos, primero al tratar de controlar los piquetes de huelga y propaganda y encarcelar a los sindicalistas que violaran esa ley; segundo, al tratar de imponer controles gubernamentales en los sueldos. El intento fue un rotundo fracaso. Una resistencia cada vez mayor de los sindicatos derrotó cada una de las embestidas de Heath. El Partido Laborista comenzó a irse hacia la izquierda a medida que la vieja guardia de líderes de derecha daba paso a líderes más militantes y también debido a que los activistas comenzaron a cuestionar el papel que tradicionalmente jugaba el Partido Laborista en el consenso de posguerra.
Estos dos procesos vinieron a juntarse en la huelga de los mineros de 1973-74. Los mineros, un sector siempre militante de la clase obrera británica, ganaron apoyo popular por la posibilidad de que un gobierno laborista radical pudiese reemplazar al de Heath. La huelga sirvió de fuerza movilizadora para el gran sentimiento de descontento que las políticas de Heath habían generado. Heath fue forzado a llamar a elecciones... y perdió. Justo cuando estos sucesos estaban llegando a su climax, la recesión mundial de 1974 golpeó a Gran Bretaña. El nuevo gobierno laborista entró en terrenos desconocidos. Ese era un partido de paz social en una era de lucha de clases. Era un partido dedicado a manejar el capitalismo justo cuando el capitalismo se estaba volviendo inmanejable. El laborismo se desgarraba entre las distintas clases sociales. Su rol
tradicional era el de dirigir a la clase obrera hacia pacíficas negociaciones con los representantes del capital. Ese rol fue ahora inútil.
Los primeros seis meses en el gobierno vieron la realización de algunas medidas sociales radicales, como el congelamiento de alquileres y precios, aumentos considerables en las pensiones de retiro y la revocación de las leyes antisindicales de Heath. Pero en retorno demandaba una regulación voluntaria de los salarios y, mediante el "contrato social" le pedía a los líderes sindicalistas que controlaran a sus miembros para mantener bajos los salarios, dividiendo así a la clase obrera en contra de sí misma.
El gobierno laborista se negó constantemente a llevar a cabo las medidas de planificación radicales prometidas en su programa electoral relacionadas con el control del Estado, el flujo de capitales y la participación limitada de los trabajadores en la toma de decisiones sobre inversiones. En 1975, el primer ministro Harold Wilson despidió a su ministro de Industrias Tony Benn, quien había sido el creador de muchas de las más radicales medidas del programa del partido.
Los laboristas en el gobierno se comprobaron incapaces de proteger la economía nacional de los efectos de la crisis mundial. El desempleo aumentó de 500 mil a 1 millón 300 mil. Los niveles de pobreza se duplicaron. La inflación llegó a un 30 por ciento. La libra esterlina se fue a pique y en 1976 el Fondo Monetario Internacional fue llamado a intervenir.
Una extensa ola de huelgas, conocida como "el invierno del descontento" se desató entre 1978-79 y llevó a la renuncia del gobierno cuando este fue incapaz de mantener su mayoría en el parlamento.
LA NUEVA IZQUIERDA
James Callaghan y Denis Healey pronto se tranformaron en los principales objetivos a combatir de un amplio movimiento de base dentro del partido cuyo lema era "democratizar" el partido.
Esta izquierda quería cambiar las reglas de manera que:
a) Los miembros en el parlamento pudiesen ser reemplazados por sus bases locales cuando no llevasen a cabo la política del partido.
b) El líder del partido, quien por tradición era electo primer ministro cuando el partido ganaba las elecciones, debía ser electo directamente por el partido.
c) El programa o manifiesto debía ser escrito por los líderes
electos del partido.
La teoría detrás de esto consistía en que la traición de 1974-79 pudo haber sido evitada si el partido hubiese podido forzar a sus líderes y parlamentarios a llevar a cabo la política prometida. Esto parecía ser una tímida demanda. Después de todo, como muchos izquierdistas a menudo decían, procedimientos similares existían ya en muchos otros partidos europeos. Tampoco las políticas que se exigían eran muy extremistas. Sin embargo, el movimiento aterrorizaba a la burguesía. ¿Por qué?
Las tres propuestas más amenazadoras provenientes del grupo alrededor de Tony Benn eran:
a) En 1979 se llamaba al desarme nuclear unilateral y por lo tanto a un rompimiento con las prioridades estratégicas de defensa norteamericana.
b) Estaban aún decididos a dejar el Mercado Común Europeo.
c) Debido a su permanente asociación con los miembros ordinarios militantes de los sindicatos, ellos tendían a apoyar sus demandas especialmente por contratos colectivos libres y por no res-
tricciones en los sueldos.
El peligro de estas políticas no consiste en su contenido radical, sino en lo profun- do de la crisis del capitalismo británico. Precisamente porque Gran Bretaña era una potencia imperialista, y una potencia débil, es extremadamente vulnerable a demandas que amenacen el sistema de relaciones internacionales que garantiza sus inversiones en el exterior (esta fue una de las razones de la feroz respuesta británica en la guerra de las Malvinas). También era particularmente seria e inaceptable la idea de que la clase obrera trabajadora no debía sacrificarse por estos cambios. Sin embargo, al sistema también le preocupaban las implicaciones constitucionales de las propuestas por reformas democráticas de la izquierda. La frágil estructura constitucional británica se basa en dos premisas fundamentales: paz entre las clases
sociales e independencia del ejecutivo de la influencia popular.
En Gran Bretaña, la estabilidad del poder burgués está garantizada por mecanis- mos distintos a los de los países de Europa continental, particularmente los clásicos países donde hubo revolución burguesa, como Francia. La separación entre el poder ejecutivo y el legislativo es menos formal en Gran Bretaña; no hay presidente, y los poderes del monarca han sido transferidos al gabinete ministerial, designado por el primer ministro. El gabinete es por tanto un organismo extremadamente poderoso y la figura de primer ministro concentra un alto grado de poder.
Tony Benn ha desarrollado este tema extensamente: "Después de once años de servicio como miembro de cuatro gobiernos laboristas he llegado ahora a la conclusión de que... la presente centralización de poder en una sola persona ha ido demasiado lejos, llegando a constituir un sistema de mandato personal en las mismas entrañas de nuestra democracia parlamentaria".
Walter Bagehot, el renombrado aunque un tanto cínico periodista victoriano, describe el gabinete como el "eficiente secreto" de la constitución británica, clamando que el parlamento mismo es una mera "antesala" al gabinete.
Obviamente, a las clases adineradas británicas nunca les ha importado el hecho de que tanto el primer ministro y su gabinete sean susceptibles de ser presionadas por la rama administrativa del Estado y por el sector financiero e industrial. Pero en un país como Gran Bretaña, donde la clase trabajadora es inmensamente poderosa y bien organizada, esa concentración de poder exige del gabinete un completo aislamiento de la presión popular.
Esto hasta ahora ha sido logrado con la complicidad de los jefes de los sindicatos a través de su apego a la independencia y soberanía del parlamento, y su obstinado rechazo a cualquier acción política de la clase obrera que no sea a través del parlamento.
El papel jugado por los partidos políticos es crítico, pues significa que una propuesta para cambiar la constitución de un partido puede llevar, en efecto, a una propuesta para cambiar la constitución británica.
Richard Crossman, ex-ministro y agudo observador del ambiente parlamentario, ha escrito una documentada introducción a la más reciente edición de The English Constitution, de Bagehot, donde observa lo siguiente:
"El derecho a nombrar el primer ministro, derecho que según Bagehot y Mill era la atribución constitucional más importante de la Cámara de los Comunes, fue poco a poco siendo retirado y luego compartido entre los partidos y el monarca. Y una vez que perdió su status como "colegio electoral": la Cámara de los Comunes comenzó a perder su poder colectivo y finalmente se convirtió en el foro de debates entre ejércitos políticos bien disciplinados. Gran Bretaña dejó atrás la época del gobierno parlamentario clásico y entró en una nueva época de democracia burocrática... el "secreto eficiente" de la constitución no fue ya la fusión de los poderes ejecutivo y legislativo en lo que ese supremo comité que era la Cámara de los Comunes llamó el gabinete, sino los vínculos secretos que conectan el gabinete con el partido por un lado y el sector público por el otro".
Así, en teoría, los cambios constitucionales exigidos por la izquierda implicaban que la conferencia del Partido Laborista tenía el derecho de cambiar al primer ministro. La estructura misma del partido se convirtió en un elemento de estabilidad constitucional.
Crossman describe la naturaleza misma del partido en un pasaje que ayuda a entender las batallas de los últimos treinta años:
"La estructura del Partido Laborista estaba determinada por tres condiciones. La primera, tener que disponer de amplios fondos financieros a su disposición, de aquí la dependencia en el financiamiento de los sindicatos lo cual llevó a que sindi-
catos particulares promovieran a sus candidatos sindicalistas. Segundo, como el parado no podía darse el lujo, como lo hacían sus oponentes de mantener una legión de trabajadores pagados en el partido, el Partido Laborista requería militantes-socialistas políticamente conscientes, que hiciesen el trabajo de organizar los distritos electorales. Pero como estos militantes tendían a ser "extremistas", fue creada una constitución que les mantenía el entusiasmo al crear aparentemente una total democracia partidista, mientras que en realidad eran excluidos de un poder efectivo. De ahí la concesión teórica de poderes soberanos a los delegados a la asamblea anual y en la práctica el despojo a esa soberanía por el voto en bloque de los sindicatos por un lado, y la completa independencia del bloque parlamentario del partido por el otro lado".
EL PARTIDO LABORISTA: UNA CREACION PRAGMATICA
Este pasaje exige cierta explicación a aquellos lectores no familiarizados con las estructuras bizantinas del movimiento laborista británico.
El Partido Laborista británico, a diferencia de sus colegas de Europa continental, no fue formado por marxistas paralelamente o anteriores a los sindicatos, sino que fue formado por los mismos sindicatos en 1901, más de medio siglo después que ellos fueran legalizados. Fue una creación pragmática sin ideología ni programa, dedicada a un solo objetivo: "asegurar la representación independiente de los trabajadores en el parlamento". Se dio una estructura federativa de manera que todas las corrientes del movimiento laborista pudieran tomar parte. Ni siquiera contempló afiliaciones individuales antes de 1921. En cada nivel de su estructura hay delegados de distintos sectores: de los sindicatos, de los clubes laboristas, de las secciones femeninas, de los jóvenes, de grupos profesionales como maestros o doctores, y hasta de partidos políticos independientes, como el Partido Cooperativista, por ejemplo.
Cuando el partido comenzó a abrirse camino electoralmente, se hizo obvio que esa estructura tan amplia podía crear raíces muy profundas en la clase obrera pero no podía forjar un grupo parlamentado disciplinado. La izquierda y la base del parti- do trataban de resolver eso mediante la demanda de políticas más claramente socialistas y exigiendo miembros del parlamento fieles a esta política; los líderes del partido lo resolvieron dándole autonomía al bloque parlamentario y otorgándole un gran poder de decisión en todas las otras áreas a la burocracia sindicalista.
El principio de independencia parlamentaria fue establecido ya en 1909 con la increíblemente adaptable fórmula de: "el partido determinará la política, pero su bloque parlamentario la interpretará". El bloque parlamentario laborista tiene su propia constitución, su propia política y sus propias elecciones.
Hasta 1981 era virtualmente imposible que un partido local que hubiese enviado un miembro al parlamento pudiese elegir a otro candidato en una elección posterior, a menos que el primer parlamentario muriese, renunciara o cambiara de partido.
La tensión resultante no explotó en una abierta confrontación entre los miembros del partido y los parlamentarios laboristas debido al voto en bloque de los sindicatos. Como los sindicatos están afiliados directamente al partido, ellos envían delegados a los organismos de toma de decisión en todos los niveles. En el Congreso Nacional, por ejemplo, la magnitud de su voto no es proporcional al número de delegados sino al número de trabajadores sindicalizados que ellos representan. Un simple delegado puede manejar un millón setecientos mil votos - casi el triple que el total de votos reunidos por las organizaciones partidistas locales, todas juntas -.
Este "voto en bloque" como es llamado, es sin embargo, efectivo en controlar el partido sólo en la medida en que a los miembros de los sindicatos no les importe lo que sus líderes estén haciendo en el partido. La dirigencia laborista se aprovechó de eso en los años cincuenta y en los sesenta, cuando los líderes sindicales casi no eran sometidos a ningún control por sus miembros, y pequeños cónclaves de sindicalistas burócratas de derecha conspiraban con parlamentarios oportunistas para ejercer un virtual monopolio de la maquinaria del partido.
La nueva izquierda desafió este confortable arreglo en tres frentes:
a) Desafío a la independencia del bloque parlamentario al demandar que éste debe quedar sujeto
a escrutinio, control y aún a la posibilidad de ser destituido por organizaciones locales del partido.
b) Desafío al poder dentro del partido de los sumisos burócratas sindicaleros pues el debate comenzó a penetrar las filas de los sindicatos quienes ya de por sí se estaban politizando mediante las luchas clasistas de finales de los sesenta y comienzo de los setenta.
c) Sus proposiciones políticas, aparentemente moderadas, en el fondo eran un desafío a los acuerdos tácitos negociados a través de los años entre la jerarquía laborista y sindicalista y el "establishment" británico, sobre cuyas bases éste le permitía al Partido Laborista gobernar. En particular, se desafiaba lo que había sido anteriormente un artículo implícito de la constitución
laborista: el apego a las relaciones privilegiadas con los Estados Unidos, las cuales han sido en gran parte forjadas por los viejos estadistas del partido, como Denis Healey. (La OTAN, por ejemplo, fue creada por iniciativa del gobierno laborista de 1945-1951).
La izquierda, por lo tanto, amenazaba con sacar al laborismo del marco de consenso dominante en los años de posguerra. Comenzó a cuestionar la política bipartisana que se estaba llevando en Irlanda, y algunos de sus líderes comenzaron a dialogar con Sinn Fein, el ala política del Ejército Republicano Irlandés. Cuando la guerra de las Malvinas fue declarada, un grupo pequeño pero importante del parlamento, incluyendo a Tony Benn, se opuso a ella y le exigió al gobierno que retirara la flota.
Alarmada por la fortaleza de la izquierda, la derecha se lanzó a la contraofensiva. El centro de esta ofensiva fue el ataque sobre la Tendencia Militante. (Militante, a pesar de ser etiquetada como una organización trotskysta y marxista, en muchos aspectos su política está a la derecha del laborismo izquierdista. Por ejemplo, Militante apoyó al gobierno en la guerra de las Malvinas y se niega a apoyar la campaña por desarme nuclear unilateral, la autonomía para Irlanda o el retiro de Gran Bretaña de la OTAN, banderas de lucha de la izquierda laborista).
EMPATE ENTRE IZQUIERDA Y DERECHA
Al concluir la conferencia del partido de octubre de 1983, era evidente que ni la izquierda ni la derecha habían triunfado.
Yo sugeriría tres razones para explicar el fracaso de la derecha en destruir a la izquierda a pesar de detentar el control de la maquinaria del partido y del bloque parlamentario:
a) La izquierda goza de verdadero apoyo, sobre todo en la base del partido y en los organismos locales.
b) La izquierda tiene también un amplio apoyo en la base de los sindicatos, más del que se le reconoce.
c) Finalmente, y quizás más importante que todo, es que las políticas tradicionales de la derecha laborista ya no corresponden a la realidad de la relación de Gran Bretaña con la economía y la política mundiales. Particularmente el Partido Laborista está sufriendo el mismo proceso de alejamiento de los Estados Unidos que han tenido los demás socialismos europeos. El cambio de política que trajo Reagan acabó con las relaciones tradicionales que mantenía EE.UU. con Europa. Ya los dólares americanos no inundan Europa como en los días del Plan Marshall, funcionando la prosperidad para todos. Cada vez más, EE.UU. se convierte en un rival comercial de Europa, a medida que la competencia interimperialista se agudiza tras dos crisis mundiales.
El apoyo laborista a EE.UU. no pudo ser mantenido después de ciertas acciones norteamericanas, como la imposición de misiles tipo crucero a Europa, la cual ya no sólo perjudicaba a la clase trabajadora europea, sino también a la burguesía. Con el apoyo de la izquierda o sin él, el Partido Laborista se distanciaría de la política exterior norteamericana.
Este empate entre izquierda y derecha es el contexto en el cual emerge el nuevo líder del partido, Neil Kinnock. Fue elegido después de la derrota electoral de junio de 1983, con un lema usual del laborismo: "uniendo al partido a través de los diri- gentes". Kinnock, un candidato centrista que viene de la izquierda, aparece a primera vista como otro de los muchos intentos de balancear las diferencias irreconciliables entre izquierda y derecha mediante la adopción de la retórica izquierdista unida a acciones derechistas.
Hay dos aspectos, sin embargo, en los cuales el liderazgo de Kinnock marca un cambio importante en el partido. En cuanto a política exterior, ya he tratado de explicar en este artículo las dificultades en las cuales los laboristas pro-OTAN se han encontrado. Gráficamente, podríamos describirlo imaginándonos a Gran Bretaña y al Partido Laborista con un pie en los Estados Unidos y otro pie en Europa. A medida que ambas regiones se alejan una de otra, la situación se hace entonces inconfortable y luego imposible. La izquierda propone un rompimiento con Estados Unidos y una política independiente para Gran Bretaña. Esto es incompatible con
la paz entre las clases. Las clases dominantes británicas ganaron el año pasado 20 mil millones de libras esterlinas de inversiones foráneas y ganancias "invisibles".
¡En términos absolutos, esto es igual al setenta por ciento de las ganancias foráneas logradas por las clases dominantes de EE.UU.! Casi la mitad de los activos de los dueños de capital a plazo fijo en Gran Bretaña están unidos a inversiones fijas en el exterior. Esto es un porcentaje más alto que en cualquier otro país, excepto en Suiza. Las ganancias que producen las inversiones en el extranjero alcanzan para pagar la totalidad de las importaciones británicas.
EL LIDERAZGO DE KINNOCK Y EL DILEMA DE LAS ALIANZAS
Toda la estructura política británica ha sido diseñada para mantener y defender esta relación parasitaria con el resto del mundo. Aún sin tomar en cuenta la corsaria expedición británica al Atlántico Sur, Gran Bretaña no puede sostener el rol mundial financiero y militar que es requerido para proteger esas inversiones (incluyendo protección contra otros rivales del mundo
capitalista) sin un sistema de alianzas con uno o más países occidentales poderosos. Kinnock intenta escapar de este dilema de una manera nueva y dinámica. El apoya el rompimiento con los Estados Unidos (dentro de ciertas limitaciones) pero a la vez favorece una unión con Europa. En definitiva, él está siguiendo los pasos de Mitterrand, Schmidt, Papandreu, Soares y Craxi al pretender que el capital de Eu- ropa occidental debe convertirse en el nuevo financista del progreso social.
El segundo aspecto en el cual Kinnock y sus seguidores pueden significar un cambio radical, se refiere al problema con el cual comenzamos este artículo: su descen-
so en las votaciones. La formación del Partido Social Demócrata, especialmente alrededor de la figura de Roy Jenkins, por años un burócrata del Mercado Común, fue un hito en la política británica, pues fue el primer intento serio de la burguesía de crear una tercera fuerza en la escena política británica. Ya indicamos la importancia que tiene para la estabilidad británica el liberar al gabinete de cualquier presión popular. El sistema bipartidista era un factor integral en esto, ya que todas las energías de la clase trabajadora podían ser canalizadas no en resistir al gobierno tory , sino en preparar la próxima elección de un gobierno laborista.
Sin embargo, en 1974 este sistema bipartidista reveló uno de sus peligros intrínsecos. Cuando los trabajadores finalmente reaccionaron políticamente y resistieron mediante huelgas a las leyes antisindicatos que llevó a la larga a la renuncia de Heath, el Partido Laborista sirvió como un foco de atracción política para esta resistencia precisamente porque era fácil para los laboristas el ganar las elecciones .
Para los mineros en huelga, la tarea era simple: crear una situación insostenible para Heath, forzar unas elecciones y hacer que el Partido Laborista sea gobierno. El sistema bipartidista comenzaba entonces a ser un factor de inestabilidad. Peor aún, aunque menos notorio, era que el Partido Conservador estaba declinando inexorablemente al igual que el laborista. Los políticos más astutos del sistema, particularmente aquéllos asociados con el capital doméstico y que no simpatizan mucho con el monetarismo de la Thatcher, se dieron cuenta de que la existencia de un tercer partido era un seguro que podría acabar con la amenaza de otro gobierno laborista y preparar un futuro en el cual la señora Thatcher ya no sea el poder supremo. Por último, un tercer partido ligado estrechamente a Europa podría allanar el camino para una integración europea más cabal y unas relaciones más frías con los Estados Unidos.
Se ha desatado un amplio debate dentro del partido y dentro de la izquierda del partido acerca del problema del descenso de la votación. En este debate se ha destacado el prominente historiador laborista E. J. Hobsbawn y un grupo de sus colegas que escriben en la revista teórica del Partido Comunista británico, Marxism Today . Ellos dicen que el descenso en la votación laborista es debido a la deserción de los tradicionales votantes del partido como una consecuencia de cambios en la composición social en la clase trabajadora británica.
Hobsbawn pone en duda la lealtad tradicional de los votantes laboristas hacia los ideales socialistas. A pesar de que el Partido Laborista jamás ha sido un partido marxista, en 1922 se declaraba partidario de... "la propiedad en común de los trabajadores manuales e intelectuales de todos los medios de producción, distribución e intercambio" y siempre ha tratado de mantener que el fin eventual de sus reformas sociales progresivas será una economía nacionalizada y planificada. Hobsbawn indica que los que votan laborista apoyan las reformas sociales, pero no necesariamente las metas finales.
Su conclusión es doble: primero, que el partido debe limitar sus promesas a los aspectos en los cuales una mayoría trabajadora anti-Thatcher pueda aceptar e identificarse; segundo, y mucho más dramática es su conclusión de que el Partido Laborista debe estar preparado para entrar en una coalición electoral y aún un gobierno
de coalición con la alianza SDP-Liberal si eso es necesario para frenar a la Thatcher
y alejarla del poder.
Kinnock sin duda acepta la primera de estas premisas. Su problema es que no hay todavía evidencia de que los votantes laboristas regresarán si el partido sacrifica sus principios. Los clientes de una política pragmática parlamentarista han sido acaparados por la alianza SDP-Liberal.
Pareciera, a la luz de los resultados de las elecciones municipales, que el Partido Laborista puede recuperar su votación hasta un treinta y seis y quizás hasta un cuarenta por ciento, pero tendría que hacer avances espectaculares para asegurar una votación más allá del umbral necesario para una mayoría en el parlamento. Tarde o temprano se tendrá que confrontar el dilema de pactar o no con la alianza, y eso con toda seguridad sería un cambio fundamental.
Referencias
*Benn, Tony, ARGUMENTS FOR DEMOCRACY. p18 - Penguin, Harmondsworth. 1983;
*Bagehot, W., THE ENGLISH CONSTITUTION. - Fontana, Londres. 1981;
Este ensayo es copia fiel del publicado en la revista Nueva Sociedad Nº 72, Julio-
Agosto de 1984, ISSN: 0251-3552, <http://www.nuso.org/>.
Alan Freeman: Escritor y periodista inglés. Miembro del Partido Laborista. Editordel periódico Socialist Action. Autor de "The Benn Hevesy" y coautor de "Profilsde la Social-Democratie Europeene". Edita actualmente un libro sobre la teoría delvalor con Ernesto Mandel y otros.
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